Cuando la vida transita con sosiego y el tictac del reloj retumba en los rincones, nos damos de bruces con una realidad universal: solo tenemos una, y avanza a demasiada velocidad como para concedernos el lujo de desperdiciarla.
¿En cuántos momentos de apariencia irrelevante se hallan escondidos esos pequeños detalles, esos nimios acontecimientos que marcarán nuestro destino?